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vida vegetativa

31 mayo, 2013

Nos han engañado. Nos hicieron creer que éramos seres humanos sabiendo de antemano que aquello no se sostendría, acaso con el firme propósito de que al menos nos sintiéramos partícipes del mundo animal. Fueron precisos muchos años, muchas hostias para que cayéramos finalmente en la cuenta; la humanidad, la animalidad, son meras entelequias, miserables grupúsculos sólo al alcance de un ínfimo puñado de privilegiados. Los demás, la inmensa e insoportable mayoría silenciosa (¿y cómo podría no ser silenciosa?), nos conformamos discretamente con formar parte del reino vegetal.

¿En qué absurda hora llegamos a imaginarnos capaces de tomar decisiones, de pensar por nosotros mismos, de vivir nuestro presente e incluso planificar nuestro futuro? Los animales no tienen nada de eso pero al menos disponen aún de una extraña cosa llamada instinto. En cambio a nosotros ni siquiera eso nos queda. Somos seres (presuntamente) vivos pero firmemente anclados, más bien hincados en la tierra. Somos como esos viejos árboles, cantaba hace ya demasiados años Labordeta. Nos hacemos la ilusión de desplazarnos por nuestros propios medios sin lograr entender que es el viento, sólo el viento quien nos mece. A lo más que llegamos es a girarnos a veces al paso del sol, ridículo y angustioso viaje en pos de unas míseras gotas de luz. La lluvia no existe, caerá tal vez sobre otros no digo yo que no, sobre nosotros nunca, eternamente agostados sin agosto, pertinazmente secos por dentro y por fuera. No nos abonan pero a algunos aún nos riegan, cada vez menos nos riegan, cada vez peor nos riegan pero mal que bien aún nos siguen regando. Otros ya ni siquiera tienen esa suerte, muchos hay que nunca jamás la tuvieron. Unos y otros nos limitamos a seguir al pie de la letra el implacable proceso evolutivo, nacemos (supuestamente), crecemos (unos más que otros), nos reproducimos (menos de lo que deberíamos) y finalmente morimos, morimos despacio, morimos en vida, acaso estemos muertos ya y no nos hayamos dado cuenta.

Somos de muchas clases, de todos los colores. Perennes o caducos, de monte o prado, de bosque o selva, de huerto o de invernadero, silvestres o urbanos, de exterior o incluso de interior. Lustrosos, esbeltos, lánguidos, mustios. Valemos para ser contemplados, para ser despreciados (casi todos, casi siempre) o hasta para ser devorados por otros presuntos seres que habrán de ser devorados a su vez. Floridos rosales, robustos abetos, recios robles, oscuros arbustos, mediocres geranios, malolientes repollos, fláccidas acelgas, de todo hay en la viña del señor (toda viña es de un señor, aunque no sea necesariamente el que dio origen a la frase). Táchese lo que no proceda, escójase la especie que mejor se adapte a la personalidad de cada uno, o a eso que hemos dado en llamar personalidad como si realmente la tuviéramos. El sauce llorón, sin ir más lejos, resulta ser un ejemplar sumamente socorrido con el que poder identificarse, acaso por ser el único que parezca haber tomado verdadera conciencia de su situación. Aunque tampoco pueda hacer nada para remediarla.

También están los que van por libre, benditos sean. No consienten ser plantados ni sembrados ni aún menos recolectados, simplemente brotan. Mala hierba los llaman. Los persiguen, los arrancan de cuajo hasta la raíz si es preciso, los queman como si su incineración pudiera servir de escarmiento a otras nuevas malas hierbas por salir. Pero éstas son recalcitrantes, se empeñan en emerger y emerger una y otra vez, en perpetuo desafío a su suerte. Y vuelta a empezar, y vuelta a purgar y a quemar, y vuelta otra vez al eterno ciclo de la liberación y la destrucción. Mala hierba nunca muere, dicen. No es verdad, o tal vez sí: la mala hierba no muere, la matan. Para acabar con ella se destruye si es preciso la tierra entera bajo sus pies.

¿Y al final, qué? Al final la cosecha, la poda, la tala, llámese como se quiera. El tránsito definitivo, de tronco a madera, de planta a verdura. La muerte física que sucede a la psíquica, a esa otra muerte que habremos llevado a cuestas toda nuestra vida por contradictorio que ello resulte. Muerte en vida o vida en muerte, mejor haríamos en llamar a todo este proceso simplemente vegetar. En ello estamos.

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From → VIDA DE MIERDA

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