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pincho moruno

7 noviembre, 2013

Hace algún tiempo el Ayuntamiento de Madrid decidió tomar medidas para acabar con las palomas, esos encantadores animalillos portadores de valores eternos (la paz, los mensajes…) pero que ahora se habían convertido de repente en nuestro peor enemigo, hay que ver, quién habría podido siquiera imaginarlo. Ratas con alas les decían, se reproducen como tales, transmiten enfermedades, sus excrementos contaminan todo por doquier, la de dios. Algo había que hacer, y las privilegiadas mentes pensantes de nuestra Corporación Municipal alumbraron la brillante idea de instalar pinchos sobre nuestros principales monumentos para así disuadir a dichas aves de que se posaran en ellos. La eficacia de dicha medida no me consta, no recuerdo haber visto jamás a una paloma ensartada en lo alto de una estatua, será porque no me fijo, será porque aprenden rápido, será porque vuelan (quizás nuestros sabios rectores no hubieran reparado en ello) y si notan que se pinchan no tienen más que mover sus alas, será porque la ciudad es muy grande, si tienes kilómetros y kilómetros de suelo a tu disposición buena gana de ir a posarte justo encima de una aguja instalada en posición vertical. La medida no sé si prosperó pero lo que sí es evidente es que creó escuela, mayormente entre sus correligionarios entregados en cuerpo y alma al gobierno de la nación. La política del pincho como si dijéramos, igualmente válida para palomas y para personas, ay perdón, donde dije personas quise decir inmigrantes, tonto estoy, en qué estaría yo pensando. Por ahora los inmigrantes no parece que vuelen, y sospecho que esta vez nuestras egregias Autoridades sí que han tenido ese pequeño detalle en consideración.

Tenemos un extraño concepto de derechos humanos, no cabe duda. A este lado estamos los humanos con derechos, cada vez menos derechos pero alguno todavía nos queda. Al otro lado en cambio están los humanos derechos, parece lo mismo pero no es lo mismo, nótese la ausencia de preposición. Derechos o incluso tiesos, atravesados por cuchillas, convenientemente reconvertidos en pincho moruno (nunca mejor dicho) para la ocasión. Dirá el Gobierno (en su inmensa sabiduría) que una cosa son los derechos humanos y otra muy distinta los desechos humanos, en realidad la palabra humanos quizás no lleguen a emplearla porque no creo que conozcan siquiera su existencia. Dirá que la medida es disuasoria, cómo no, usted está muriéndose de hambre, llega a la frontera, ve las alambradas y exclama oh cielos, qué horror, por ahí no voy a pasar no vaya a ser que me pinche, casi mejor sigo muriéndome de hambre en mi país, dónde voy a estar mejor. Disuasión es un concepto un tanto etéreo para quienes ya no tienen nada que perder, basta con ver lo que disuaden los naufragios de pateras a quienes siguen jugándose la vida en las pateras, algunos incluso por segunda o tercera vez. Medida disuasoria, de acuerdo con ese criterio no sería de extrañar que dejaran los cadáveres o los trozos de carne ahí expuestos en lo alto de la valla, las vísceras pudriéndose para que sirvan de escarmiento a los siguientes hasta que se las coman los buitres, todo ello muy propio de un Estado moderno y avanzado como el nuestro. Eso sí, reconozcamos al menos que aquellos que consigan pasar a este lado habrán aprendido algo muy importante, sabrán por fin (mucho mejor que nosotros incluso) lo que significa la Marca España: les bastará con mirar su propio cuerpo para verla.

Una vez, un egregio mandatario del país más poderoso sobre la faz de la Tierra decidió talar los bosques para así acabar de una vez por todas con los incendios forestales. Medida irrefutable e irrebatible e incontrovertible donde las haya, de tan probada infalibilidad que incluso decidió extenderla a otros ámbitos, destruir un país entero para así hacer desaparecer sus armas de destrucción masiva, tan bien lo hizo que hasta hizo desaparecer la posibilidad de que hubieran existido alguna vez. Claro está, su inmenso talento creó escuela, cómo no habría de crearla, y hoy los más prestigiosos gobiernos siguen al pie de la letra sus enseñanzas, entre ellos el nuestro como no podía ser de otra manera. Para acabar con los incendios forestales nada mejor que destruir los bosques, para solucionar el problema de la inmigración nada mejor que acabar de una vez por todas con los inmigrantes. Eso sí, no sean flojos, para qué despedazarlos en lo alto de una valla o permitir que se ahoguen en el Mediterráneo cuando podemos bombardearlos perfectamente en sus aldeas o sus campos de refugiados y solucionar así el problema desde la raíz. Dicen que quien evita la ocasión evita el peligro, no me sean tibios, recuerden la doctrina, para acabar con el hambre en el mundo nada mejor que acabar con el mundo o en su defecto acabar con los hambrientos del mundo. África parece un buen lugar para empezar, de hecho ya están en ello pero el sistema éste de dejar que se mueran de inanición tiene sus contrapartidas, resulta un poco lento, no impide la reproducción de la especie y siempre queda el riesgo de que quieran escaparse, véase la muestra. Así que no se corten (nunca mejor dicho), pasen al Continente entero a cuchillo para así evitarse instalar cuchillas, que tan antiestéticas quedan y tanto daño hacen a la sacrosanta imagen de nuestra civilización occidental. Y por supuesto, en cuanto acaben con ellos vénganse de inmediato a por nosotros, faltaría más: que a este paso no tardaremos mucho en tener también vallas que saltar.

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